1 de marzo de 2013

El insólito resplandor de Stephen King


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A los casi cuarenta años de su irrupción en la escena editorial con “Carrie”, el autor de Maine logra el merecido respaldo de la crítica con “22/11/63” (Plaza & Janés), monumental novela a vueltas con viajes en el tiempo y el traumático asesinato del presidente John Fitzgerald Kennedy. texto TINO PERTIERRA fotos ARCHIVO
38 años después de asustar al mundo por primera vez con los poderes destructivos de Carrie, Stephen King ha logrado lo que para sus detractores parecía impensable: ganarse el favor de la crítica de Estados Unidos. Por primera vez, una obra firmada por él entró en el Top-10 de los mejores libros del año, según The New York Times. La culpable de este insólito resplandor literario se titula 22/11/63, y muestra a un autor que, sin alejarse radicalmente de su camino habitual en la vertiente fantástica, dedica más tiempo, espacio y energías a construir un andamiaje literario ambicioso y complejo con el que dar a su aluvión narrativo un cauce con muchas y variadas bifurcaciones: historia de amor maldito, crónica negra de asesinatos domésticos, investigación privada de personajes tristemente históricos, recreación minuciosa de una época y una sociedad, reflexión sobre el poder y el mal, indagación en los callejones sin salida de la historia, vorágine turbulenta de dilemas morales y confusiones vitales.

El terror no es un territorio propicio para los prestigios. Con 22/11/63, King se aproxima más al empeño de construir una gran novela americana siguiendo carriles populares ya vistos en su obra precedente: el estilo es inconfundible para sus admiradores. Lo suyo es narrar, narrar, narrar, y dejarse llevar por la inercia de un argumento repleto de peripecias, cambios de sentido que sacuden las ramas de la historia, golpes de efectos especiales y personajes descritos con minuciosa exactitud. Y 22/11/63, es un ejemplo perfecto con su estructura alambicada, que le permite meter varias novelas en una sin que la mezcla chirríe.
Jake Epping es un profesor de instituto de mediana edad cuya plácida y más bien triste existencia cambia cuando Al Templeton, propietario de un restaurante, le cuenta que en su almacén hay una puerta para viajar al pasado. Un pasado que le permitirá lanzarse a la misión de evitar el asesinato de John F. Kennedy. “Si alguna vez quisiste cambiar el mundo, esta es tu oportunidad. Salvar a Kennedy, salvar a su hermano, salvar a Martin Luther King. Detener lo disturbios raciales. Impedir Vietnam, tal vez”. Tal vez. Contado así, en un manojo de líneas, la historia no parece tener más entidad que la de una simple ocurrencia, pero la gracia del asunto está en que King se sirve de esa argucia histórica para desatar todos sus infiernos narrativos sin encasquillarse en un género determinado.
King, a diferencia de autores como Michael Crichton, que intentaba convencer con aburridas parrafadas científicas de que sí era posible viajar en el tiempo o dar vida a los dinosaurios, no pierde ni un segundo intentando dar una explicación a la aparición de un túnel del tiempo. Como mucho, algunas suposiciones en abstracto. “La fisura que conducía al pasado era casi con toda certeza delicada”. “Una extravagancia de la naturaleza, como los géiseres de Yellowstone o como esa extraña roca en equilibrio que tienen en Australia occidental, o como un río que fluye hacia atrás en ciertas fases de la luna”. Nada serio: le basta con sacarse de la manga una especie de escalera (de Jacob) con resonancias bíblicas y una madriguera de conejo (¿resonancias de Alicia?) para irse al pasado y aparecer en el resplandor de una época donde, como dice Al, “la mayoría de la gente son buenas personas”. Una idealización a la que el protagonista se sumará en buena parte de la novela. Qué tiempos aquellos: “En 1958, si comentas algo sobre un ataque terrorista, la gente va a pensar que hablas de adolescentes que se dedican a hacer putadas a las vacas”.
Por momentos, la descripción del pasado recuerda al arranque de Terciopelo azul, aquella recreación idílica de David Lynch de un pueblo antes de que llegara la peste del Edén: “Y Jodie era bonito. He aquí lo que conforma un hogar: el aroma de la salvia y el modo en que las colinas se coloreaban de naranja en verano al cubrirse de gallardías. El sabor velado del tabaco en la lengua de Sadie y las tablas de madera tratadas con aceite de mi sala de estar. La gente saludando con un cómo va eso en la calle o agitando la mano desde sus coches”. Boy scouts ocupándose de una hoguera de hojas secas, largos trenes de pasajeros con nombres como Estrella de Tampa, ancianos fumando en pipa sentados en bancos en las plazas de los pueblos, un millón de iglesias, hombres construyendo graneros, gente ayudando a gente, “dos personas en una camioneta se detuvieron para echarme un cable cuando saltó la tapa del radiador del Sunliner y me quedé tirado”. Un mundo perfecto.

La vida cambia en un instante
King da pistas aisladas de muchas de sus constantes como escritor. Un inesperado accidente transforma las vidas de los personajes de La zona muerta y Misery. Y las palabras adquieren la condición de detonantes (como la palabra escrita hasta la extenuación por el enloquecido Jack Torrance en El resplandor). De hecho, todo arranca con un texto de un estudiante adulto que, al contar su terrible historia como superviviente de su propio padre, consigue que Epping, un personaje al que le cuesta horrores llorar, derrame unas lágrimas inesperadas. “A pesar de sus lapsus gramaticales y su concienzuda cursiva, Harry Dunning había escrito como un héroe. En una ocasión, al menos”. Y se pregunta King: “¿Acaso no es eso lo que debe lograr un escritor sobresaliente? ¿Provocar una respuesta?”. Esa respuesta es lo que busca King sin alardear de ello. Y lo hace ahora, en plena madurez, y no en 1972 cuando tuvo la idea. Es evidente que el autor no estaba preparado entonces para semejante desafío, aunque él lo explique de forma más edulcorada: “Originariamente intenté escribir este libro hace mucho, en 1972. Abandoné el proyecto porque la investigación que acarrearía parecía demasiado ardua para un hombre que enseñaba a jornada completa. Había otro motivo: incluso nueve años después del suceso, la herida era demasiado reciente. Me alegro de haber esperado”. Y nosotros.
“El pasado es obstinado por el mismo motivo por el que el caparazón de una tortuga es resistente: porque la carne viva de dentro es tierna y está indefensa. Las múltiples elecciones y posibilidades de la vida cotidiana son la música a la que bailamos. Son como las cuerdas de una guitarra. Si las rasgueas, creas un sonido agradable. Un armónico. Pero empieza a añadir cuerdas… Diez cuerdas, cien cuerdas, mil, un millón. ¡Porque se multiplican!”. King se pone sinfónico a la hora de escribir una partitura que no tiene problemas en remolonear durante muchas páginas con una bucólica historia de amor y, de golpe y porrazo, pasarse a las ciénagas del alma humana narrando sin paños calientes palizas, matanzas y venganzas.
“¿De verdad estoy pensando en arriesgar el mundo –quizá la realidad misma?– por la mujer a la que amo?”. La novela está cargada de dilemas que el protagonista comparte con los lectores con una sinceridad implacable: si algo caracteriza a los mejores personajes de King es lo bien que conectan con el lector, cómo consiguen que se identifique con sus problemas, quizá porque estamos ante un autor que destila su propia vida (y sus demonios) en forma de histerias para no dormir. Recordemos el partido literario que le sacó al episodio de su atropellamiento real.
“Aquí todos estamos locos, fue lo que el Gato de Cheshire le dijo a Alicia. Después desapareció. A excepción de la sonrisa, eso sí. Si mal no recuerdo, la sonrisa se quedó un rato”. Esa locura asumida, esa sombra de una sonrisa ausente, impregna la novela de una tristeza avasalladora, más nostálgica cuanto más luminosa ha sido la felicidad previa. ¿Cómo no sentir un escalofrío (de emoción, no de terror) cuando, en una de las escenas más conmovedoras de la novela, y con la muerte al acecho, Sadie, la mujer amada, exclama: “¡Cómo bailamos!”.
Si alguien tiene dudas del vigor narrativo de King sólo tiene que darse una vuelta por la escena en la que cuenta el histórico combate de boxeo entre Tom Case y Dick Tiger, que el primero ganaría contra todo pronóstico… para llenar los bolsillos de Epping al apostar sobre seguro. Es lo que tiene saber el resultado antes de que se produzca. Una fortuna ganada con trampas que hará del “adivino” otra víctima que sumar a la larga lista de protagonistas de King que son machacados en algún momento. Héroes triturados. En este caso, la brutalidad permite al escritor añadir un elemento de intriga sobresaliente: ¿hay algo más inquietante que saber que tienes una misión que cumplir, que el tiempo se agota y que no sabes lo que tienes que hacer?
Como saben de sobra sus seguidores, el autor de Maine es un fanático de la música. Y en su novela no sólo hay constantes recuerdos de canciones de la época, sino que un tema mítico de los Rolling Stones, Honky Tonk Women, da pie a una estupenda escena de suspense cuando la novia del protagonista, que no tiene un pelo rubio de tonta, le escucha cantar “un tema que no se grabaría hasta al cabo de siete u ocho años, de un grupo que ni siquiera conseguiría un éxito en América hasta pasados otros tres. Mi mente se hallaba en otras cosas, pero aún así, ¿cómo había podido ser tan idiota?”. “¿Me sopló la nariz y me dejó la mente flipando? ¿Escuchaste eso en la radio? ¡La comisión federal de comunicaciones clausuraría una emisora que pinchara algo así!”, argumenta la muchacha, perpleja.

El efecto mariposa
Por cierto: la historia de amor no empieza hasta bien pasado el ecuador de la novela. Nadie podrá acusar a King de precipitarse a la hora de impulsar los señuelos sentimentales. Eso sí, cuando llega el momento, el autor de Cujo no se corta un pelo en levitar narrativamente con la recreación de un amor inmaculado donde no falta el instante álgido del baile en el instituto, tan peliculero. “Había infinidad de serpentinas de papel crepé meciéndose en las vigas del gimnasio en colores oro y plata, y gran cantidad de ponche, galletitas con crema de limón y pasteles de terciopelo rojo proporcionado por las Futuras Amas de Casa de América”. Sí, el sitio ideal para encontrar una razón para decir adiós al futuro que lleva al pasado. Y la mujer de sus sueños, hecha realidad: “¿Sabéis cuando estáis fuera por la noche y veis el borde de una nube iluminarse con un brillo dorado y sabéis que la luna va a aparecer de un momento a otro? Esa fue la sensación que me embargó en aquel instante, de pie entre las serpentinas de papel crepé que se mecían suavemente en el gimnasio de Denholm”.
A cámara lenta: Sadie se llevó una mano a la espalda, tiró de la goma elástica y se soltó la coleta. Y le preguntó al viajero del tiempo: “¿Sabes bailar swing?” El baile es vida, concluye el protagonista sin sospechar los horrores que se avecinan, por ejemplo cuando irrumpe en sus vidas el marido chiflado de la muchacha, de apellido premonitorio: Clayton. Imposible no recordar el desenlace de Carrie: aquella felicidad total de la desdichada muchacha durante un baile que acabaría en catástrofe.
A Norman Mailer le hubiera encantado el rumbo que toma King cuando convierte a su protagonista en vecino de Lee Harvey Oswald, el hombre que asesinó a Kennedy: “Los Oswald se convirtieron en mis vecinos de arriba el 2 de marzo de 1963. Trajeron sus posesiones a cuestas, sobre todo en cajas de licorería”. Lo más interesante de esta “novela dentro de la novela” es que Epping no busca tanto evitar el magnicidio como averiguar si el asesino actuó sólo. Es decir, zanjar de una vez y para siempre el asunto de las teorías sobre conspiraciones de todo tipo y condición. Y King lo deja bien claro cuando pone en boca de un personaje la teoría de “la navaja de Occam. Es un principio también conocido como Ley de Parsimonia. En igualdad de condiciones, la explicación más simple es generalmente la correcta”. Es decir: “¿Sabes cómo era el hombre que cambió la historia de América? Era el típico crío que tira piedras a los otros niños y luego sale corriendo”. Tenía grandes ideas y no entendía por qué la gente no las escuchaba. Eso lo enloquecía, lo ponía furioso pero nunca perdió esa sonrisita cabrona”. “Un miserable descarriado”, eso era Oswald.
“A veces, el mundo en que vivimos es un lugar verdaderamente extraño”, afirma el hombre que sobrevivió a su padre asesino, y Epping tiene muchas páginas por delante para confirmarlo: tan extraño que descubrirá, inesperadamente, su capacidad para tomarse la justicia por su mano. Tan extraño, además, que si resuelves una injusticia puedes desencadenar una tragedia aún mayor, si evitas un crimen puedes provocar una cascada de atrocidades en el futuro. El maldito efecto mariposa, un batir de alas que amenaza con causar un desastre al otro lado del mundo. ¿Salvar a Kennedy sería una bendición o una catástrofe? Puedes impedir que un asesino acabe con su familia y haga de su único hijo superviviente un autor de letras heroicas, desesperadamente sinceras, pero entonces tal vez estés condenándolo a morir cuarenta años antes, en Vietnam. “Aterrador. La cirujía fue un éxito pero el paciente murió”.
 
¿Es mejor recibir una llamada de gratitud de Kennedy por salvarle la vida o dejar que la historia siga su curso sin entrometerse? La respuesta, sea cual sea, esconde una profunda tristeza que King intenta suavizar aferrándose a una emocionante y atormentada escena que recuerda al gran Richard Matheson de En algún lugar del tiempo, con un reencuentro que hace del silencio su razón de ser, como la sonrisa ausente del gato de Cheshire que nunca deja de brillar en la oscuridad, como el insólito resplandor de esta obra maestra de Stephen King.

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